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Los Viajes no Cambian la Vida.

20 enero, 2011


Los viajes no te cambian la vida, pero sí la perspectiva, viajar nos pone en otro lado literal y figuradamente. Cuando nos movemos, cuando agarramos esa valija o bolso y metemos dentro todo lo que creemos necesitar, que siempre resulta ser más de lo necesario, nos estamos preparando de alguna manera para lo desconocido. Eso es lo que sentimos antes de partir y esa es la magia de los aeropuertos, son la antesala de la experimentación, de nuestra partida hacia lo desconocido.
Viajar es una experiencia mágica, no importa lo que diga la ciencia y los experimentos empíricos, cuando ponemos pie en un nuevo lugar del mundo, el centro de gravedad cambia, nuestra propia relación con las leyes físicas inquebrantables se transforma.
Ducharse en otra ducha, comer otra comida y hablar otro idioma nos transforman, nos hacen sentir turistas en nuestra propia tierra.
Los viajes no tienen que ver con la distancia física, tienen que ver con el recorrido espiritual que nos lleva a cada destino, con lo que descubrimos, con lo que nos enamora y con lo que nos hace pensar en nuestro hogar. Un viaje puede durar una hora, algunos días o un par de vidas, sí, vidas enteras; y es que cuando se viaja, lo que conocemos queda lejos. El tiempo pasa más rápido, las distancias se vuelven más cortas, los idiomas que no conocemos se nos presentan accesibles y nuestra valija se agranda tanto que es capaz de cargar incontables experiencias, recuerdos y anécdotas de vuelta a casa.
He aquí lo que tienen de mágicos los viajes, el adjetivo no es gratuito, la magia es ilusión, asombro, una alteración del orden lógico de las cosas que nos son familiares.
No. Los viajes no nos cambian la vida, esa parte de la magia está reservada a nuestras propias intenciones y objetivos, pero nos arrancan de nuestro mundo de seguridades para soltarnos en caída libre y aterrizar en un lugar donde el piso se mueve y es necesario acomodarse para seguir en pie.
Nunca pretendí que los viajes me cambien la vida, siempre quise que me sirvan para poder ver las cosas desde otro lado cuando estoy de vuelta en casa, para saber que toda ley es relativa y todo mandato quebrantable.
Y en este aspecto, nunca jamás, un viaje me ha defraudado.

Los Viajes.

4 noviembre, 2010

Se revuelve en la cama, su frente transpira y las gotas reflejan la luz que se filtra desde la ventana, los colores que proyecta el cartel de neón tiñen rojo sangre el ambiente, la cama y su frente.

Recuerdos empañados por la duda llegan a su cabeza sin pedir permiso al ritmo de los pasos que se oyen lejanos, difusos, sin dirección, por momentos claros y de a ratos casi perdidos en el ruido de la gran ciudad. No está muerto, los cadáveres no sienten, no está dormido, el que duerme no piensa, tampoco sueña, Morfeo no tiene memoria. Recuerda una noche de excesos que no es esta y momentos de felicidad teñidos de utopía. Cada vez hace más calor, cada vez más aplomado en su lecho. Las manos bajo la almohada parecen aprisionadas bajo el peso de la roca de Sísifo, los dedos juntos los unos con los otros, inmóviles, paralizados; intenta en vano moverse, buscar un poco de aire en el confinado espacio donde él y sus temores conviven con promiscuidad.

El reloj marca la hora en que la luna ya no retorna y el viejo ventilador de techo lucha con dificultad, revolviendo la pesada atmósfera que parece vencerlo, vuelta a vuelta las aspas se ralentan y un quejido espantoso acompaña el suplicio.

Ahora son las seis o las tres o las dos, quizás son las cinco y ya amanece, tal vez las ocho del día después de mañana. Los neones que se aplacan dan paso a las luces que encandilan, es de día, es la hora de las rutinas incansables; los viajes sin transbordo de viajantes obtusos. Destinos cercanos que requieren viajes demasiado extensos para lo corto de la vida. Demasiado largos para quien desde su cama clava la mirada en el techo, esperando que hoy sea mañana una y otra vez, como aspas que giran y el chirrido que no cesa.

Franky Galore.

6 septiembre, 2010

Franky Galore destila opulencia, el tipo es todo glamour pero del mundano, ese que no se compra, ese que es parte de la naturaleza, como la piel, como los ojos, como el sudor.

Nació hace más de 50 años en un granero de Iowa, entre mierda de terneros y con paja en el culo. Fue la mejor mañana de su vida. Los siguientes 21 años los vivió como visitante ilustre de cada uno de los 23 centros juveniles del oeste de América, se abrió camino a la libertad sobornando guardias con cocaína y cogiendo enfermeras en la sala de detención. Siempre fue un hábil negociante, incluso cuando lo que estaba en juego era su propia vida, o la posibilidad de pasar de estar mal a estar peor, lo importante es seguir vivo, ése es su mote.

Y sí que lo ha honrado, sobrevivió las peores mierdas del sistema, se cogió y dejó coger incontables veces, al punto que todas las cicatrices de su cuerpo no alcanzan para narrar ni media hora de su vida. El tipo es una bolsa de boxeo, no importa qué tan duro golpees siempre volverá y serás tú el que se canse primero en la gimnasia del castigo.

Cuando tuvo edad suficiente para conocer la cárcel, fue su primer huésped, nunca tuvo la suerte de ser declarado loco y llevado a un psiquiátrico. Directo a la prisión del estado, cárcel común: nazis, locos, asesinos, pedófilos y violadores, las peores lacras que la sociedad esconde tras altas paredes compartieron cama con Franky Galore.

La prisión lo empeoró, se convenció a palos de que todo lo malo que pasaba afuera de aquellos muros era más sano que lo mejor que pudiera pasarle allí dentro.

Cada vez que abandonaba la ratonera recibía lo mismo, un Rolex de oro blanco y su billetera de piel de cobra. Eso era todo lo que guardaban en la bolsa plástica cada vez que lo detenían, eso era todo lo que él tenía.

La tercera década de su vida la pasó colocando cocaína en cabarets de viajantes al costado de la ruta 45, vivía en un trailer que remolcaba con su Buick 73’, las putas de mala muerte eran su perdición, un infierno de sexo y violencia que acabo con un tiro en su muslo derecho. “La mal parida sacó una Colt recortada de su cartera acharolada de callejera reventada”, repetía cada vez que le preguntaban por su herida.

Luego de aquellos años nómades, Franky se convirtió en presente, un hombre sin historia ni futuro, la personificación de lo inmediato. Comía la basura que le daban en los paradores de camiones y se bañaba con los restos de jabón que encontraba en las gasolineras de la ruta.

“Fue un largo viaje” se decía a sí mismo cada vez que amanecía en un charco de su propio vómito, un viaje sin partida ni destino, sólo trayecto, ver pasar postes de luz que se convierten en una línea eterna, la cintura ilustre de las largas carreteras de la América profunda. Ésa era la vida del mal nacido.

Cualquiera que lo hubiera apreciado siquiera un poco le hubiera deseado la muerte sin pensarlo, pero no había en todo el territorio americano alguien que estuviera dispuesto a dar tres segundos de su vida para pensar en el desgraciado.

Estaba sólo, un lobo estepario con la piel oscurecida por el polvo del desierto y los dedos atrofiados de tanto golpear paredes en su infierno de locura alucinógena.

Y solo sigue, así lo conocí algunas semanas atrás durmiendo entre los tachos de basura de la estación de micros de Greasewood. Allí me encontré con un infeliz que vive de una historia que sólo recuerda durante sus raptos de lucidez. Un pasado que alimenta con visiones del futuro, a las que sólo accede a través de las drogas que pronto su cuerpo dejarán de tolerar. Acaso la vida le otorgue esa bendición.

Línea 41.

18 julio, 2010

Escena 1 – Interior Colectivo – Noche.

El colectivo lleva pocos pasajeros, a un lado y otro asientos vacíos acompañan a los viajantes en su regreso a casa, hace frío y los vidrios húmedos amenazan con empañarse, el traqueteo hace que las ventanas golpeen contra los marcos generando una cadencia sonora que parece no tener fin.
La puerta delantera se abre y dos nuevos pasajeros se suman, primero ELLA, en sus treinta años, rubia, de altura promedio, vestida informalmente, pero con la elegancia necesaria para un día de trabajo, detrás ÉL, 30 años, alto, con su pelo negro pegado a la cabeza como si el día recién empezara, un pesado sobretodo gris cubre su traje oscuro y en su mano lleva un aparatoso maletín también oscuro. Sacan el boleto y se dirigen hacia el fondo del coche.

ÉL

Dale Corrientes, metele que ahí atrás hay dos asientos vacíos.

Ella apura el paso y se sienta en la última fila de asientos, se acomoda y mueve la pierna para que su compañero pueda pasar al asiento que está a su lado.

ÉL

Ahí está, a ver…, dejame pasar.

Toma asiento y acomoda el sobretodo para no quedar sentado encima. En un mismo movimiento pone su portafolio entre sus piernas y saca del bolsillo del saco un celular que tiene una pantalla particularmente grande.

Apoya sus codos en las rodillas de manera de quedar encima del aparato y comienza a escribir un mensaje de texto. Su compañera mira el teléfono y mueve la cabeza.

CORRIENTES

(Con la clara tonada de los correntinos).

Qué fea pantalla tiene su celular.

Él escribe un número de teléfono en su aparato.

ÉL

Ahá…

CORRIENTES

¿Por qué es tan feo tu celular?

Lo mira como si fuera la primera vez que lo tiene entre sus manos, lo gira, lo da vuelta y continúa con sus mensajes de texto.

ÉL

No sé.

CORRIENTES

¿Cuándo te vas de viaje?

Él sigue inmerso en sus mensajes de texto y parece ajeno a toda la situación que lo rodea, casi como ausente.

ÉL

El 7 de julio.

CORRIENTES

Y qué me vas a traer.

ÉL

Nada.

CORRIENTES

¿Cómo nada? Antes de volver a la oficina pasás por lo de tu suegra y le sacás todo y me lo traés a mí, entendiste.

ÉL

Pará boluda, no te hagás la viva eh…

CORRIENTES

Ay, mirá como te ponés…, tarado.

Mira hacia fuera del colectivo, e intenta adivinar lo que las gotas de humedad y la fina lluvia sobre el vidrio esconden.

CORRIENTES

Acordate que cuando volvés es mi cumpleaños.

ÉL

Tranquila chiquita, no pasa nada.

CORRIENTES

Vos seguí jodiendo eh…

Finalmente guarda el celular, abre su maletín, saca un cuaderno, lo hojea, mira en detenimiento unas anotaciones en birome, lo cierra y busca otro dentro de su maletín, lo toma y lo retira para ponerlo sobre sus piernas.
Corrientes lo mira de reojo, intentando disimular la curiosidad que la domina.

CORRIENTES

¿Cuántos cuadernos tenés?

ÉL

Dos.

Una de las hojas tiene un número de teléfono anotado en rojo, saca su celular nuevamente y lo anota.

CORRIENTES

¿Y por qué tenés dos?

ÉL

Uno mío, y uno de Paola, la de contabilidad.

CORRIENTES

Ah..

ÉL

Sí.

Corrientes se acomoda en su asiento, su mirada está fija en el pasillo del colectivo, ve pero no mira. Completamente abstraída juega con los flecos de su bufanda.

CORRIENTES

El sábado tengo el casamiento de una amiga.

ÉL

¿Está buena?

CORRIENTES

No sé qué ponerme.

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Henrik Adamsen

20 mayo, 2010

Henrik es un fotógrafo Danés que basado en Copenhague, trabaja para las marcas de moda más importantes y realiza producciones con las celebrities y supermodelos más bellas del mundo. Su estética y la predilección por el soft focus, escenas con luces suaves y puestas casi etéreas generan imágenes donde sus modelos parecen integrarse al cuadro. Henrik cuenta con un pasado como retocador y dirección de arte lo que evidentemente le otorga una mirada muy fina del producto final y la intención que él mismo pone a sus imágenes. Aquí una serie de fotos para disfrutar la belleza en todas sus expresiones.

Web: http://www.henrikadamsen.com

Un Día fue de Noche.

18 mayo, 2010

Hernando Nuñez Saavedra tiene al menos 65 años de edad, los hechos que a continuación se relatan sucedieron cuando apenas pocas horas habían transcurrido de su onomástico número 65.
La sucursal del Banco Nación del modesto poblado de General Carreta recuerda a Hernando como el cajero más experimentado en la dilatada historia del edificio emplazado en la esquina de Mitre y General Paz. Habiendo iniciado su carrera laboral a los 18 años, Saavedrita, como cariñosamente lo llamaban sus compañeros, pasó 47 años detrás del mostrador aplicando sellos, pagando cheques, cambiando billetes y realizando con todo el esmero y completa entrega toda actividad que fuera necesaria detrás y delante de la línea de cajas.
Viudo de larga data, Hernando dedicó su tiempo libre a cultivar el pequeño jardincito, aquél que coronaba el fondo de la casa donde había vivido tantos años junto al amor de su vida, Rosa María. No habían tenido hijos, sin embargo no era extraño ver a los chicos de la cuadra visitando el jardín de Rosa y Hernando, o saltando la cerca para ir a buscar una pelota caprichosa que confundida por las tupidas rosas había equivocado su camino al arco.
La noche que Hernando festejó su cumpleaños número 65, parecía que todo el pueblo se había condensado en su casa, viejos colegas, Domingo del almacén, los Periani de la ferretería, la gente de la panadería, el cura, “mamúa” Gaona y tantos otros que pasaban en un desfile incesante por lo de Saavedrita para congratular a tan excepcional persona. La larga noche se extinguió entre sifones callados, botellas acostadas y brasas que se apagaron para dejarle su lugar al sol que quería amanecer.
Llegó la mañana y con ella los primeros cacareos y el humo blanco de las chimeneas de las casas de todo el pueblo; llegó el olor a tostadas, llegó ese rocío blanco que parece helada, llegó el ruido a postigo abierto, llegó el sonido de mate que chilla porque no queda agua por tomar…, llegó todo menos el sol.
Primero fueron las siete, luego las ocho y las nueve y el sol no quería aparecer, consternados los vecinos se agrupaban en las esquinas esbozando las más extrañas teorías. Que se apagó el sol, que es la luz mala, que es culpa del lobizón, y la infaltable de “mamúa” Gaona: es el diablo que apoyó su manto sobre General Carreta. Los relojes avanzaban, una hora cada sesenta minutos, y el sol seguía sin asomar. No fue hasta que algún avezado notó que faltaba Saavedrita que el destino tomó otro rumbo. Los grupos se consultaban para ver si alguien había visto a Hernando, pero su paradero era tan incierto como el del sol mismo. Confundidos y a oscuras casi la mitad del pueblo se dirigió hacia su casa mientras la otra mitad imploraba perdón y buscaba un salvoconducto al cielo dentro de la Iglesia.
Golpearon la puerta con fuerza y al rato asomó Hernando, en piyamas y claramente dormido, en un primer momento pensó que la grapa de la noche anterior le estaba eligiendo los sueños y que había caído en uno muy extraño, pero al rato reaccionó y luego de escuchar la historia reflexionó. “Espérenme acá un cachito” dijo, dio media vuelta y se perdió en el largo pasillo de ladrillos desparejos que terminaba en su habitación. Al rato volvió, en su mano traía un viejo reloj de mesa, ese que le había regalado su padre a los 4 años cuando hizo un viaje a la Capital. El grupo que lo esperaba en la puerta lo miró desconcertado, los perros perseguían los focos de las linternas y las lámparas de kerosene y de lejos se escuchaban los rezos de los más precavidos y los menos santos.
“Hoy no puse el despertador”, dijo consternado.
Nadie dio relevancia a la afirmación, era lógico que en su primer día de jubilado Hernando no hubiera puesto el despertador, pero un gesto extraño en su cara contaba algo que sus palabras no habían dicho. Lucía preocupado, parecía que el peso de la culpa lo aplastaba contra el piso. El grupo de vecinos analizó la situación y determinó que el alcohol de la noche anterior aún no había abandonado por completo el cuerpo de Saavedrita, dieron media vuelta y se fueron con los perros y las linternas, con sus miedos y sus preguntas sin responder hacia el horizonte donde esperaban que al menos los molinos pudieran darles una pista de lo que estaba sucediendo.
Hernando cerró la pequeña puerta de alambre entretejido y mientras caminaba hacia su cama dio cuerda al reloj y puso el despertador para que sonara en una hora. Dejó caer su cuerpo sobre la cama y cerró los ojos pensando en esos 47 años de mañanas tempranas.
Exactamente una hora después, el martillo sacudió con furia las campanillas del antiguo despertador, con toda la parsimonia el viejo cajero apoyó su pie derecho sobre el piso de lajas que cubría la habitación y miró al techo como queriendo llegar al cielo.
Lejos pero no tanto, justo detrás de los silos de Don Filomeno asomaron los primeros rayos de luz que bañaron los campos de trigo con un manto dorado.
En la Iglesia los más santos practicaban en secuencias infinitas la señal de la cruz, mientras de rodillas lanzaban plegarias que mañana olvidarían.
Así, tal como está contada en este relato, fue escrita la historia y así será contada en el futuro, la leyenda de Saavedrita, el cajero del General Carreta.

Jan Šibík

29 abril, 2010

Jan Šibík es checo, trabaja como reportero gráfico hace 25 años y ha realizado más de 200 viajes alrededor del mundo retratando hitos de la historia contemporánea como la Revolución de Terciopelo en su país natal, la caída del muro de Berlín y diversos procesos políticos en Europa del Este. Mayormente abocado a zonas de guerra fue testigo de las peores matanzas en África y más recientemente de los conflictos de los Estados Unidos en países de Oriente Medio.
A través de sus imágenes Jan no sólo propone retratos objetivos de los grandes conflictos, sino que nos acerca una precisa mirada sobre la realidad de quienes son parte involuntaria de los procesos bélicos.
Su sitio Web está repleto de excelentes ensayos donde prima la sensibilidad y la empatía que nace de los seres humanos en busca de la esperanza.

Las imágenes que acompañan este post son de una serie hecha algunos años atrás en las zonas de conflicto de Afganistán. Escenas épicas que parecen extraídas de la ficción, pero son parte de la más triste realidad.

Web: http://www.sibik.cz