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Réquiem para un Ficus.

14 abril, 2010

Sucedió algún tiempo atrás, era sábado, era temprano y estaba a punto de ser un día extraordinario.
Bajé los 15 pisos que me separan de la planta baja haciendo un pequeño análisis, limitado por la hora del día y el día mismo, que arrojara algo de luz sobre lo que había visto en el palier del piso 15 mientras esperaba el ascensor. Allí me había cruzado con dos personas, un hombre y una mujer en sus cuarenta años que fumaban nerviosamente mientras miraban hacia el interior de un departamento que tenía la puerta abierta.
Al llegar a la planta baja mis pensamientos se suspendieron, me dirigí hacia la puerta de calle, pusé la llave, la giré, tomé el pomo de la pesada puerta y la abrí trayéndola hacia mí. Levanté la vista y grande fue mi asombro al encontrarme con una camioneta azul de la Policía Federal, en su costado se leía en letras duramente castigadas por el paso del tiempo: Policía Científica. No recuerdo si alguna otra inscripción hacía referencia a algo más, pero en mi memoria quedó gravada la palabra morgue.
Acero inoxidable, bisturíes, congeladores gigantes y olor a calas fueron algunas de las imágenes que recorrieron mi cabeza en los metros que caminé hasta el puesto del diario. Varios pesos más liviano y buscando entre el diario los folletos promocionales volví hacia el departamento, en la puerta seguía el féretro móvil y recuerdo lo simpático que me resultó en aquel momento imaginar cómo serían los profesionales del cuerpo de la policía científica de la Policía Federal. Gordos, seguramente, como la gran mayoría de sus integrantes, quizás algo más bonachones y seguramente hicieran buenos chistes con la muerte y los muertos. Mientras me sonreía en soledad llegué de vuelta al piso 15, allí seguían las dos personas que había visto un rato atrás. Subí por escalera hasta el piso 16, donde no llega el ascensor pero sí los ladridos del perro de cotillón de mi vecino y entré a mi departamento.
Mi novia aún dormía, entregué mi cuerpo y mi cabeza a las tareas del hogar y otra hora y tanto pasó hasta que ella despertó.
Le comenté rápidamente lo que había sucedido y la intriga que me había generado todo lo que había visto, pero no creo que en su cabeza hubiera algo más que la idea de un buen mate para desayunar. Una vez desayunada y despabilada retomé mi caso y le conté de nuevo, paso por paso, lo que había visto. Con la lógica práctica que sólo las mujeres tienen me dijo que le preguntara al portero. El hombre que sabe cada movimiento del edifico, ese gurú de la inteligencia consorcística bien debía saber qué hacía una camioneta de la Policía Científica en la puerta del edificio y dos gordos fumando en el palier del piso 15 y si estos dos hechos estaban relacionados.
Mi problema con los porteros es que no me gusta el fútbol, y de todas las miles de cosas sobre las que un portero siempre quiere hablar, el Clausura y el Apertura están en los primeros puestos (salvo que haya mundial). Igual aplica a los taxistas, pero puedo ser amargo con ellos y no por eso sufrir un corte misterioso de luz o agua en mi departamento. Por ello, sin dejar de lado la afable cordialidad, mi relación con los guardianes de la vereda no pasa de un “Buén día”, “Buenas tardes” o “Buenas noches”, según corresponda.
Ahí estaba yo, en casa, con una duda y un dilema. Quería saber qué pasó, soy curioso por naturaleza, pero no quería que eso derivara en apreciaciones sobre la defensa de River Plate un lunes a la mañana. Nuevamente la evolucionada lógica femenina entró en escena y mi novia se ofreció para ser ella quien interrogue al portero. La propuesta me dejó tranquilo, al fin tendría una explicación con lujos de detalle y no había ningún riesgo, un portero nunca habla de fútbol con una mujer, el sólo hecho de pensarlo le resultaría gravemente insultante.
Ella tenía que bajar por algún asunto que hoy no recuerdo y yo esperé ansioso su vuelta y las noticias que traería. Fantaseé con múltiples cosas el tiempo que estuvo afuera, quizás un asesinato, un suicidio o un crimen pasional con trazas mafiosas relacionado con la trata de blancas organizada en Ucrania. Por suerte volvió rápido porque la inmadurez de mi imaginación me estaba llevando hacia pasajes que mi conciencia no quería visitar.
“Una vieja muerta”, lanzó sin tener en cuenta la gravedad que el hecho revestía en mi imaginario.
“Una vieja muerta…”, reflexioné. Se me hizo algo muy común, poco interesante, los viejos mueren todos los días, para eso son viejos. El caso no revestía mayor misterio y me sentí algo desilusionado con el desenlace de la situación.
“Muerta desde el jueves…” Me dijo con una sonrisa que revestía mucho de alegría. Recuperé de un golpe el interés y la interrogué en busca de mayores detalles que engordaran mi morbo.
Pero no había mucho más por escuchar. Aparentemente la habían encontrado ese sábado por la mañana, quizás por el olor o a lo mejor porque la señora no respondía los llamados telefónicos. Pensé que a lo mejor las dos personas fumando en el palier eran sus hijos, o los dueños del departamento de la finada inquilina. No llegué a distinguir si la preocupación que los embargaba era la de la pérdida de un ser querido o la de la pérdida de un año de contrato.
Sin quererlo, esta cuestión ya había ocupado casi todo mi sábado. La noche se empezaba a dejar ver cuando en uno de mis pasos por el palier del 15 me encontré con un pequeño jardín botánico. Plantas, macetas, jardineras, pequeñas herramientas de jardín y algunas piedras poblaban parte de la escalera y el descanso que llevan hasta mi piso. Un bonito espécimen de Ficus de aproximadamente un metro y medio de altura llamó poderosamente mi atención. Tan noble ejemplar no podía terminar sus días alejado del sol y del agua dejado a la buena de dios en la vereda. Recorrí el resto del muestrario vegetal con mi vista y enseguida supe que era el legado de la vecina muerta. Su balcón entero ocupaba ahora el espacio común y vaya a saber uno qué harían con esas plantas que alguna vez habían sido la única compañía de la anciana.
No me demoré en tomar la decisión, al día siguiente hablaría con el portero para preguntarle cuál iba a ser el destino de la planta. Ya podía imaginármela en mi balcón recibiendo con placer el agua que cayera de mi regadera de cinc.
El día siguiente por la tarde decidí ir a hablar con el portero, verifiqué que la combinación de colores en mi ropa no pudiera sugerir la de ningún equipo de primera A, B y B metropolitana y me dirigí a su encuentro.
Mientras iba hacia allí pasé por el pasillo del 15. Grande fue mi horror. Sólo quedaban allí vestigios de tierra y algunas hojas secas, ni rastro del huérfano vegetal. Aceleré el paso como si aquello pudiera cambiar el rumbo de la historia y en un santiamén estaba exponiéndole mi inquietud al portero, siempre procurando mínimo contacto visual. Me escuchó atentamente y al terminar me dijo solemne: “Hay, qué macana, la señora pidió que lo llevaran al jardincito”.
Algo confundido por sus palabras saludé cordialmente y me puse a analizar el contenido de la respuesta. Chusma seguro, pero médium o chaman no encajaba en el perfil del portero. Cómo era entonces que sabía que la señora fallecida quería que su Ficus migrara a la pecera de exageradas dimensiones a la que él se refería con el nombre de “jardincito de abajo”. Imaginé que aquella mini selva urbana que coronaba la entrada al edificio era quizás el memorial más exclusivo de Belgrano, donde iban a parar todas las plantas de los muertos del edificio.
Luego de librar mi mente de teorías conspirativas y de espiar el balcón del portero para descartarlo como nuevo propietario de la planta, estuve convencido de que sus dichos se condecían con la realidad. Algo resignado entré a mi departamento y acostado en el sillón perdí la mirada en la inmensidad de la Ciudad.
Al final de cuentas no había sido un fin de semana tan malo, no tenía Ficus, pero conservaba mi anonimato futbolístico y por fin sabía qué hacían todas esas plantas en la entrada del edificio.
Un último pensamiento ocupó mi mente aquél domingo por la noche, me pregunté cuánto volumen ocuparían las cenizas de una señora adulta y si podrían cubrir la maceta de un ficus.
No encontré una respuesta que me satisficiera, pero tuve una idea.
Pensé que los grandes eventos de la humanidad siempre tienen su lugar asegurado en los anales de la historia universal, pero pequeños eventos que involucran a porteros, Ficus, vecinas muertas, la policía científica, mi novia y mi curiosidad merecían aunque sea unas pocas líneas.
Este es mi homenaje a los sucesos cotidianos.

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2 comentarios leave one →
  1. aguis permalink
    15 abril, 2010 23:06

    digno de un cuento policial porteño, pobre ficus.

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