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Un Día fue de Noche.

18 mayo, 2010

Hernando Nuñez Saavedra tiene al menos 65 años de edad, los hechos que a continuación se relatan sucedieron cuando apenas pocas horas habían transcurrido de su onomástico número 65.
La sucursal del Banco Nación del modesto poblado de General Carreta recuerda a Hernando como el cajero más experimentado en la dilatada historia del edificio emplazado en la esquina de Mitre y General Paz. Habiendo iniciado su carrera laboral a los 18 años, Saavedrita, como cariñosamente lo llamaban sus compañeros, pasó 47 años detrás del mostrador aplicando sellos, pagando cheques, cambiando billetes y realizando con todo el esmero y completa entrega toda actividad que fuera necesaria detrás y delante de la línea de cajas.
Viudo de larga data, Hernando dedicó su tiempo libre a cultivar el pequeño jardincito, aquél que coronaba el fondo de la casa donde había vivido tantos años junto al amor de su vida, Rosa María. No habían tenido hijos, sin embargo no era extraño ver a los chicos de la cuadra visitando el jardín de Rosa y Hernando, o saltando la cerca para ir a buscar una pelota caprichosa que confundida por las tupidas rosas había equivocado su camino al arco.
La noche que Hernando festejó su cumpleaños número 65, parecía que todo el pueblo se había condensado en su casa, viejos colegas, Domingo del almacén, los Periani de la ferretería, la gente de la panadería, el cura, “mamúa” Gaona y tantos otros que pasaban en un desfile incesante por lo de Saavedrita para congratular a tan excepcional persona. La larga noche se extinguió entre sifones callados, botellas acostadas y brasas que se apagaron para dejarle su lugar al sol que quería amanecer.
Llegó la mañana y con ella los primeros cacareos y el humo blanco de las chimeneas de las casas de todo el pueblo; llegó el olor a tostadas, llegó ese rocío blanco que parece helada, llegó el ruido a postigo abierto, llegó el sonido de mate que chilla porque no queda agua por tomar…, llegó todo menos el sol.
Primero fueron las siete, luego las ocho y las nueve y el sol no quería aparecer, consternados los vecinos se agrupaban en las esquinas esbozando las más extrañas teorías. Que se apagó el sol, que es la luz mala, que es culpa del lobizón, y la infaltable de “mamúa” Gaona: es el diablo que apoyó su manto sobre General Carreta. Los relojes avanzaban, una hora cada sesenta minutos, y el sol seguía sin asomar. No fue hasta que algún avezado notó que faltaba Saavedrita que el destino tomó otro rumbo. Los grupos se consultaban para ver si alguien había visto a Hernando, pero su paradero era tan incierto como el del sol mismo. Confundidos y a oscuras casi la mitad del pueblo se dirigió hacia su casa mientras la otra mitad imploraba perdón y buscaba un salvoconducto al cielo dentro de la Iglesia.
Golpearon la puerta con fuerza y al rato asomó Hernando, en piyamas y claramente dormido, en un primer momento pensó que la grapa de la noche anterior le estaba eligiendo los sueños y que había caído en uno muy extraño, pero al rato reaccionó y luego de escuchar la historia reflexionó. “Espérenme acá un cachito” dijo, dio media vuelta y se perdió en el largo pasillo de ladrillos desparejos que terminaba en su habitación. Al rato volvió, en su mano traía un viejo reloj de mesa, ese que le había regalado su padre a los 4 años cuando hizo un viaje a la Capital. El grupo que lo esperaba en la puerta lo miró desconcertado, los perros perseguían los focos de las linternas y las lámparas de kerosene y de lejos se escuchaban los rezos de los más precavidos y los menos santos.
“Hoy no puse el despertador”, dijo consternado.
Nadie dio relevancia a la afirmación, era lógico que en su primer día de jubilado Hernando no hubiera puesto el despertador, pero un gesto extraño en su cara contaba algo que sus palabras no habían dicho. Lucía preocupado, parecía que el peso de la culpa lo aplastaba contra el piso. El grupo de vecinos analizó la situación y determinó que el alcohol de la noche anterior aún no había abandonado por completo el cuerpo de Saavedrita, dieron media vuelta y se fueron con los perros y las linternas, con sus miedos y sus preguntas sin responder hacia el horizonte donde esperaban que al menos los molinos pudieran darles una pista de lo que estaba sucediendo.
Hernando cerró la pequeña puerta de alambre entretejido y mientras caminaba hacia su cama dio cuerda al reloj y puso el despertador para que sonara en una hora. Dejó caer su cuerpo sobre la cama y cerró los ojos pensando en esos 47 años de mañanas tempranas.
Exactamente una hora después, el martillo sacudió con furia las campanillas del antiguo despertador, con toda la parsimonia el viejo cajero apoyó su pie derecho sobre el piso de lajas que cubría la habitación y miró al techo como queriendo llegar al cielo.
Lejos pero no tanto, justo detrás de los silos de Don Filomeno asomaron los primeros rayos de luz que bañaron los campos de trigo con un manto dorado.
En la Iglesia los más santos practicaban en secuencias infinitas la señal de la cruz, mientras de rodillas lanzaban plegarias que mañana olvidarían.
Así, tal como está contada en este relato, fue escrita la historia y así será contada en el futuro, la leyenda de Saavedrita, el cajero del General Carreta.

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