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Franky Galore.

6 septiembre, 2010

Franky Galore destila opulencia, el tipo es todo glamour pero del mundano, ese que no se compra, ese que es parte de la naturaleza, como la piel, como los ojos, como el sudor.

Nació hace más de 50 años en un granero de Iowa, entre mierda de terneros y con paja en el culo. Fue la mejor mañana de su vida. Los siguientes 21 años los vivió como visitante ilustre de cada uno de los 23 centros juveniles del oeste de América, se abrió camino a la libertad sobornando guardias con cocaína y cogiendo enfermeras en la sala de detención. Siempre fue un hábil negociante, incluso cuando lo que estaba en juego era su propia vida, o la posibilidad de pasar de estar mal a estar peor, lo importante es seguir vivo, ése es su mote.

Y sí que lo ha honrado, sobrevivió las peores mierdas del sistema, se cogió y dejó coger incontables veces, al punto que todas las cicatrices de su cuerpo no alcanzan para narrar ni media hora de su vida. El tipo es una bolsa de boxeo, no importa qué tan duro golpees siempre volverá y serás tú el que se canse primero en la gimnasia del castigo.

Cuando tuvo edad suficiente para conocer la cárcel, fue su primer huésped, nunca tuvo la suerte de ser declarado loco y llevado a un psiquiátrico. Directo a la prisión del estado, cárcel común: nazis, locos, asesinos, pedófilos y violadores, las peores lacras que la sociedad esconde tras altas paredes compartieron cama con Franky Galore.

La prisión lo empeoró, se convenció a palos de que todo lo malo que pasaba afuera de aquellos muros era más sano que lo mejor que pudiera pasarle allí dentro.

Cada vez que abandonaba la ratonera recibía lo mismo, un Rolex de oro blanco y su billetera de piel de cobra. Eso era todo lo que guardaban en la bolsa plástica cada vez que lo detenían, eso era todo lo que él tenía.

La tercera década de su vida la pasó colocando cocaína en cabarets de viajantes al costado de la ruta 45, vivía en un trailer que remolcaba con su Buick 73’, las putas de mala muerte eran su perdición, un infierno de sexo y violencia que acabo con un tiro en su muslo derecho. “La mal parida sacó una Colt recortada de su cartera acharolada de callejera reventada”, repetía cada vez que le preguntaban por su herida.

Luego de aquellos años nómades, Franky se convirtió en presente, un hombre sin historia ni futuro, la personificación de lo inmediato. Comía la basura que le daban en los paradores de camiones y se bañaba con los restos de jabón que encontraba en las gasolineras de la ruta.

“Fue un largo viaje” se decía a sí mismo cada vez que amanecía en un charco de su propio vómito, un viaje sin partida ni destino, sólo trayecto, ver pasar postes de luz que se convierten en una línea eterna, la cintura ilustre de las largas carreteras de la América profunda. Ésa era la vida del mal nacido.

Cualquiera que lo hubiera apreciado siquiera un poco le hubiera deseado la muerte sin pensarlo, pero no había en todo el territorio americano alguien que estuviera dispuesto a dar tres segundos de su vida para pensar en el desgraciado.

Estaba sólo, un lobo estepario con la piel oscurecida por el polvo del desierto y los dedos atrofiados de tanto golpear paredes en su infierno de locura alucinógena.

Y solo sigue, así lo conocí algunas semanas atrás durmiendo entre los tachos de basura de la estación de micros de Greasewood. Allí me encontré con un infeliz que vive de una historia que sólo recuerda durante sus raptos de lucidez. Un pasado que alimenta con visiones del futuro, a las que sólo accede a través de las drogas que pronto su cuerpo dejarán de tolerar. Acaso la vida le otorgue esa bendición.

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